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XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio: Mt 10, 26-33
Reflexión

Cuando una persona nos habla mal de alguien a quien queremos, nos sentimos mal y salimos en su defensa. No nos importa lo que después pueda opinar sobre nosotros, ni tampoco pensamos en que se pueda enfadar o hacernos daño. Sencillamente salimos en defensa de esa persona a la que queremos y no permitimos que nos hablen mal de ella. Cuando el Señor forma realmente parte de nuestra vida, tampoco somos capaces de quedarnos impasibles cuando se habla de Él sin respeto, con ignorancia o con mala fe, porque también nos duele que se le dé ese maltrato.

Un indicador del grado de adhesión que tenemos al Señor, puede ser perfectamente ese. Si cuando se habla mal de Él no nos afecta lo más mínimo, es porque nuestro grado de adhesión a su persona es totalmente nulo. Si por el contrario, cuando se habla mal de Él nos sentimos heridos, es porque realmente nos importa y le queremos. Seguro que todos conocemos a personas que son capaces de dejar de hablarte si les hablas mal de su equipo de fútbol, de su partido político, de su grupo, de su cantante favorito, etc. Pues con respecto al Señor, no podemos esperar una adhesión más pequeña.

En este pasaje el Señor dice que se pondrá ante el Padre, de parte de todo el que se ponga de su parte ante los hombres, y que negará ante el Padre a todo aquel que le niegue ante los hombres. Se trata de una afirmación muy dura que obliga a tomar una postura clara: o estamos con Él o no estamos con Él. No hay lugar para posturas intermedias o neutrales. Cada uno es libre de elegir la opción que quiera, y cada uno debe asumir las consecuencias de su elección. Parece una postura muy radical, pero cuando algo nos importa realmente, nosotros no somos menos radicales.

Estar con Él significa anunciarle con nuestras obras y palabras. Deberíamos preguntarnos en qué nos diferenciamos de las personas que no creen en el Señor o que no le siguen activamente. Si nuestra vida no se diferencia en nada de la de ellos, ¿qué testimonio es el que estamos dando? Es triste, pero en ocasiones la gente no habla de nosotros por nuestras buenas obras sino por lo contrario, y les oímos decir: “Menos mal que va a misa, que si no…” Nuestro anti-testimonio hace mucho daño. En vez de acercar a los demás al Señor, lo que hacemos es alejarlos. Conozco a personas de Iglesia de las que todo el mundo habla mal y a las que nadie saluda por la calle cuando se cruza con ellas. También conozco a otras personas que no creen en el Señor o nunca van a la Iglesia, y sin embargo, todo el mundo las saluda y les tiene aprecio.

Decíamos antes que, cuando estamos unidos al Señor y le queremos, nos duele que se hable mal de Él, que se le falte el respeto o que se le ridiculice de cualquier modo. Durante su vida pública el Señor lo padeció y lo asumió como una consecuencia de su predicación y de su testimonio de vida. Pero, hoy por hoy, si mucha gente no respeta al Señor y habla mal de Él, es por nuestra culpa: por nuestra falta de testimonio y de compromiso con el Evangelio. Dar testimonio del Señor no es muy complicado. No se nos pide que vayamos haciendo milagros o soltando grandes discursos a la gente. Empecemos por ser personas amables a las que nadie tenga que esquivar por la calle; sigamos con ser personas disponibles para ayudar a quien lo necesite; continuemos con ser personas generosas que comparten sus bienes y su tiempo; y no olvidemos, cada vez que surja la oportunidad, de hacer un anuncio explícito del Evangelio, porque eso es lo que nos distingue como discípulos del Señor.

Ser una buena persona para un cristiano está bien, pero no es suficiente. El mundo está afortunadamente lleno de muchas buenas personas que no creen en Dios, y sin embargo, hacen el bien a mucha gente. Estamos llamados a anunciar de forma explícita el Evangelio, y de invitar al seguimiento del Señor. Quienes nos escuchen no tendrán inconveniente en seguir al Señor, si ven que realmente a nosotros seguirle nos hace felices. Si nos ven amargados, tristes, alienados, dogmáticos, intolerantes, etc., obviamente preferirán seguir su propio camino. Si seguimos al Señor de corazón, y dejamos que llene nuestra vida, nos resultará muy fácil contagiar a quienes nos rodean, y que éstos tengan interés en seguir también al Señor.

El propio Señor nos dice que no tengamos miedo de anunciar el Evangelio. De una forma muy pragmática dice, que todo lo que pueden hacer contra nosotros es quitarnos la vida. Entonces le podríamos preguntar: ¿es que hay algo peor que te quiten la vida? Pues sí. El Señor dice que peor que perder nuestro cuerpo, es perder nuestro cuerpo y nuestra alma. Decidimos nosotros: o estamos con Él, o no estamos con Él. Si queremos estar con Él, tenemos que dar testimonio de eso con nuestra vida y con nuestras palabras. Dicho de este modo parece una obligación, pero en la práctica no lo es. Lo diré de otro modo. Cuando te enamoras de alguien, todo el mundo te lo nota. Aunque quieras ocultarlo, la gente lo percibe y se da cuenta. Ese amor te hace ser una persona distinta con los demás, sin que te lo propongas. El amor lo hace todo; tú no haces nada. Todo sacrificio se hace sin pensar; todo esfuerzo sale sin esfuerzo. Del mismo modo, para quienes aman al Señor, no es ninguna obligación anunciarle, sino una necesidad; no supone ningún esfuerzo ni sacrificio; el amor lo hace todo.