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XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio: Mt 10, 37-42
Reflexión

Vivimos en un mundo inundado por la publicidad. Hay anuncios por todos lados: en la tele, la radio, la prensa, las calles, en internet, en el móvil, etc. Las empresas buscan tener cuantos más clientes mejor, y tratan de captarnos con los precios más baratos, con los productos más modernos, con la mejor calidad, etc. Hacen lo que sea para que seamos sus clientes, y una vez que lo consiguen, tratarán por todos los medios de que no nos vayamos a otra empresa. Con los partidos políticos ocurre también algo parecido. Todos se presentan como los poseedores de la verdad; como los únicos capaces de solucionar el problema del paro, de la vivienda, de la sanidad, de la educación, de la justicia, etc. Quieren nuestro voto, y cuando lo tienen, tratarán por todos los medios de que no votemos a otro partido.

Con el Señor, en cambio, la cosa es muy distinta. Parece que no tiene mucha idea de marketing. No trata de convencernos para que le sigamos. ¿A quién se le ocurre decir que para seguirle hay que quererle más que a tu padre, tu madre, tu hija o tu hijo? ¿A quién se le ocurre decir que quien quiera seguirle tiene que estar dispuesto a sufrir y a morir como Él? ¿Quién sería cliente de una empresa que tuviera este mensaje, o quién votaría a un partido que tuviera ese programa político? Está claro que al Señor no le importa el número de seguidores. Está claro que el Señor no quiere que seamos ni sus clientes, ni sus votantes. Está claro que el Señor no quiere ni nuestro dinero ni nuestro voto. Lo que el Señor quiere de nosotros es nuestro amor. Quien quiera seguirle tiene que hacerlo por amor.

Cuando en la vida queremos algo que para nosotros es valioso, hacemos los sacrificios que hagan falta para conseguirlo. Cuando alguien quiere tener una carrera y obtener un título que le permita trabajar en lo que le gusta o quiere, tiene que dedicar mucho tiempo a estudiar, a veces tiene incluso que trabajar al mismo tiempo para cubrir gastos, y en ocasiones hasta tiene que irse a vivir a otra ciudad, y dejar atrás a sus padres y amigos. Cuando un deportista se prepara para una competición, también tiene que hacer muchos sacrificios: tiene que entrenar duro todos los días; tiene que seguir una dieta; tiene que privarse de muchas cosas que le puedan hacer perder la forma o desconcentrarle.

Hay muchos ejemplos en los que podemos ver lo que somos capaces de hacer para conseguir lo que queremos. En todos ellos hay un elemento importante a tener en cuenta: que lo hacemos porque queremos; que somos nosotros quienes nos imponemos esas renuncias y sacrificios para conseguir nuestro objetivo. El resultado de un esfuerzo así, siempre tiene su recompensa. Si obligáramos a alguien a estudiar algo que no le gusta, a trabajar para pagar gastos, y lo enviáramos a otra ciudad lejos de su familia en contra de su voluntad, ¿qué resultados académicos podríamos esperar de esa persona? ¿Sería una persona feliz? Lo único que conseguiríamos de esa persona sería una denuncia por malos tratos o por explotación.

El Señor no quiere que le sigan multitudes de admiradores y fans, que no están dispuestos a comprometer sus vidas. El Señor quiere que quien le siga lo haga por amor, porque solo por amor se superan todos los obstáculos; solo lo que se hace por amor permanece y da fruto. ¿Es mucho lo que pide el Señor? ¿Es muy radical su exigencia? Respondamos con otra pregunta: ¿Cuántas familias hay divididas por culpa de una herencia? Hay padres que no se hablan con sus hijos y hermanos que llegan a odiarse entre sí por culpa del dinero. También hay familias enfrentadas entre sí por su ideología política, por su equipo de fútbol, por querer imponer sus decisiones a los demás, o incluso por celos. Por eso, si alguien cree que las exigencias del Señor son muy duras o radicales, que piense primero en lo radicales que podemos llegar a ser nosotros mismos cuando de verdad nos interesa algo.

El Señor no nos pide nada que Él no nos haya dado primero. La única forma de corresponder a su amor es con amor. Hasta tal punto somos importantes para el Señor, que todo aquel que nos acoja, nos ayude, o sea amable con nosotros de cualquier forma, por pequeña que sea, por el hecho de ser sus discípulos, no se quedará sin recompensa. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca a un discípulo suyo, no quedará sin recompensa. Es el mismo sentimiento que tenemos nosotros cuando alguien hace algo bueno por una persona que queremos; que se lo agradecemos como si nos lo hubiera hecho a nosotros mismos. Así es como nos quiere el Señor.