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XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio: Mt 11, 25-30
Reflexión

Seguramente el Señor daba continuamente gracias a Dios por muchos motivos distintos, pero en los evangelios solo he encontrado cuatro ocasiones: antes de la multiplicación de los panes y de los peces; antes de la resurrección de Lázaro; durante la acción de gracias en la última cena; y en este pasaje que contemplamos ahora: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.”

En este pasaje contemplamos al Señor regocijarse con Dios Padre, porque siendo el Señor del cielo y de la tierra, es decir, siendo todopoderoso, ha querido, sin embargo, revelarse a los más pequeños y sencillos. Vemos al Señor llenarse de gozo por querer estar al alcance de quienes tienen un corazón humilde, y no ser alguien incomprensible que solo alcanzan a entender los sabios y entendidos. Dios no quiere ser encerrado en los conceptos teóricos de una élite de la sociedad que creen saberlo todo. Dios prefiere ser sentido por todo aquel que ponga su confianza en Él, y le acepte sin más.

El problema de los sabios y entendidos, es que tratan de buscarle una lógica a todo; una respuesta a cada pregunta; una explicación a cada misterio, y Dios es demasiado grande para poder encerrarle en nuestros conceptos. El problema de los sabios y entendidos es que están tan seguros de sí mismos y de su inteligencia, que no creen en la posibilidad de que alguien pueda enseñarles algo a ellos. No es que Dios se niegue a mostrarle su rostro, es que ellos se cierran a la posibilidad de abrirse a un conocimiento que no puedan explicar con su lógica, definir en sus teorías, o poner a prueba en sus experimentos.

A lo largo de toda su vida pública, el Señor comprueba como sus palabras calan en el corazón de la gente sencilla, que las entiende perfectamente sin necesidad de hacerle ninguna pregunta, y las acepta sin reparos. Sin embargo, también se da cuenta de que, quienes más capacidad tendrían que tener para entenderle, por ser expertos en las sagradas escrituras o personas muy piadosas y cumplidoras, son los más incrédulos e ignorantes, los que más preguntas le formulan y más problemas ponen para aceptar sus enseñanzas. Mucho cuidado, por tanto, quienes meditamos a diario la Palabra de Dios, frecuentamos los sacramentos, o incluso tenemos títulos de teología, porque no somos nosotros quienes conseguimos, con nuestras fuerzas e inteligencia, revelar a Dios, sino que es Él quien se revela amorosa y gratuitamente a quien tenga la suficiente humildad de reconocer que nos supera, y está más allá de nuestra capacidad de entendimiento.

Tener una buena formación teológica está bien; investigar no es malo; tratar de buscar respuestas a las preguntas que nos surgen, tampoco es ningún pecado. Pero a la hora de relacionarnos con Dios y de anunciarle, es más importante haberle experimentado que haberle estudiado. Quienes tienen muchos conocimientos teológicos, son capaces de dar muchas lecciones magistrales, pero si no tienen la experiencia de haberse encontrado personalmente con el Señor, les sirve lo mismo que dar lecciones de matemáticas. En cambio, quien tiene experiencia de haberse encontrado con el Señor, es capaz de transmitirle mucho más eficazmente, aunque no sea capaz de explicar muchas cosas ni de responder a muchas preguntas. Entre los primeros discípulos del Señor, no abundaban precisamente los teólogos, sino la gente sencilla, y sin embargo, extendieron el Evangelio por todo el mundo.

También nos dice el Señor en este pasaje: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.” Solo oír estas palabras ya supone un gran consuelo, porque ayuda mucho saber que podemos contar con Él en todo momento. Hay cansancios que no se quitan durmiendo un poco más, desconectando del trabajo, o marchándote lejos en vacaciones. Hay agobios que nos ahogan por dentro y nadie puede quitarnos. En ocasiones nos quedamos sin fuerzas y sin ganas de nada, ni siquiera de orar. Pues bien, en esos momentos precisamente, es en los que más necesidad tenemos de Él. El Señor no invita a acudir a Él cuando nos encontremos así, porque solo Él puede sostenernos en esos momentos; solo Él puede devolvernos la paz, cuando la perdemos por dentro. Es una gran suerte, para quienes seguimos al Señor, contar con su ayuda para hacer frente a las dificultades de la vida.

Junto con el Señor, demos gracias a Dios nuestro Padre, por querer estar al alcance de los humildes y de los sencillos, revelándoles su rostro e iluminándoles. Y demos también gracias a su Hijo, nuestro Señor, por acogernos cuando acudimos a Él derrotados y sin fuerzas, porque solo en Él encuentra el verdadero descanso nuestra alma.