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XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio: Mt 13, 1-23
Reflexión

En aquel tiempo mucha gente acudía al Señor para escucharle. Muchos habían experimentado en sus corazones la vida que transmitía con sus palabras, y estaban deseosos de seguir dejando iluminarse por ellas. Otros acudirían por curiosidad; por saber quién era ese hombre del que tantos hablaban. Y también había quien iba para criticarle; para ver si decía alguna blasfemia que les permitiera denunciarle; para ver si se equivocaba en algo y ridiculizarle; etc. Estas personas estaban ideologizadas y no aceptaban ninguna enseñanza que no fuera la tradicional. Eran personas de pensamiento cuadriculado, que se aferraban a la letra de la ley y de las tradiciones pensando que así agradaban a Dios, cuando en realidad estaban muy alejados de Él. De ellos decía el Señor que miran sin ver, y escuchan sin oír ni entender. Ellos son la razón por la que el Señor dice a sus discípulos, que habla en parábolas.

Con las parábolas ocurre como con las adivinanzas. Si quieres averiguar lo que significan, tienes que reflexionar, pensar y descubrirlo tú mismo. Es una forma de enseñar muy inteligente y eficaz, porque no transmiten directamente la enseñanza a un discípulo que se limita a escuchar pasivamente, sino que obliga al discípulo a buscar y a descubrir por sí mismo la sabiduría que se trata de transmitir. Un discípulo puede estar en desacuerdo con su maestro respecto a sus enseñanzas, pero no puede estar en desacuerdo con lo que él mismo ha descubierto. Muchos de los que intentaban rebatir las enseñanzas del Señor, se quedaban sin argumentos al oír sus parábolas, porque descubrían por si mismos su significado, y se daban cuenta de que tenía razón.

La parábola del sembrador es muy sencilla. El Señor recurre a un ejemplo muy cercano a la vida de quienes le escuchan. Todos saben muy bien en qué consiste la siembra. Todos saben que no todas las semillas caen en sitios donde puedan echar raíces y dar fruto. A menos que se estuviera un poco despistado, todo el mundo sabe que el Señor no está dando lecciones de cultivo, sino que les está invitando a descubrir por sí mismos la enseñanza que quiere transmitirles. El que sea capaz de entender su significado aprenderá esa enseñanza, y el que no, continuará ignorándola. El que tenga oídos, oirá, y el que no, se quedará sin enterarse de nada.

El Señor, con esa parábola, describe justo lo que estaba ocurriendo precisamente en ese instante. Él es el sembrador. Su palabra es la semilla. La gente que ha venido a escucharle es la tierra. El Señor les está diciendo que no todos los que están allí escuchándole entenderán sus enseñanzas, y por tanto, se marcharán como han venido. Que hay otros que si las entenderán pero no las seguirán durante mucho tiempo, porque son inconstantes y no serán capaces de hacer frente a las dificultades. También habla de otros que si entenderán sus enseñanzas, pero están demasiado ocupados con otras cosas e intereses, y no las vivirán en sus vidas. Finalmente, hace referencia a quienes entenderán sus enseñanzas, serán constantes y las aplicarán a sus vidas. Estos son los que darán fruto.

La semilla es la misma para todos y se lanza por todos lados. El sembrador no va depositándola con cuidado solo en los sitios donde puede dar más frutos. El Reino de Dios se anuncia a todos sin discriminación. Todo el mundo está invitado a entrar a formar parte de él. El Señor no excluye a nadie. Aun sabiendo que muchos de los que le escuchan no le entenderán, no serán constantes, o no le dejarán un hueco en sus vidas, no les priva de su palabra. El Señor no se cierra a la posibilidad de que descubran la importancia de lo que se les anuncia, y se conviertan en tierra buena que da fruto. Incluso de la semilla que cae en tierra buena, no se sabe cuánto fruto producirá: “ciento o sesenta o treinta por uno.” Por tanto, no hay que cansarse de sembrar porque la semilla es siempre buena. Demos a la tierra la oportunidad de producir su fruto.

También nosotros somos tierra y hemos podido tener la experiencia de no haber entendido siempre las palabras del Señor; de no haber sido constantes a la hora de seguirlas; o de no dedicarle al Señor el tiempo y el interés necesario para poder dar fruto. La tierra no siempre está preparada para poder dar fruto. A veces es necesario primero labrarla, abonarla o dejarla en barbecho durante un tiempo. Por eso no hay que desalentarse si no damos todos los frutos que nos gustaría dar.

De los frutos que dan las semillas se obtienen más semillas. Estas semillas son para sembrarlas también. Así que, además de tierra, somos también sembradores. Nuestra tarea es lanzar la semilla a nuestro alrededor y por todos lados. Tampoco tenemos que desalentarnos si esas semillas no dan todo el fruto que nos gustaría, porque eso no depende de nosotros sino de la tierra que la recibe. Nuestra tarea es lanzar la semilla. Dejemos que la providencia se encargue del resto.