INICIO TEXTO DEL EVANGELIO
correo@buscadmirostro.es    |    Acerca de las cookies    |   


XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio: Mt 13, 24-43
Reflexión

En la vida hay muchas cosas que solo comprendes realmente cuando las descubres por ti mismo. Por mucho que los demás se esfuercen en enseñártelas, solo conseguirán llenarte la cabeza de conceptos o definiciones que no tienen demasiado significado para ti. El Señor, para describir el reino de los cielos, recurre en muchas ocasiones a las parábolas. En vez de soltar un discurso explicando qué es, cómo es, o dónde está, toma ejemplos cercanos a la vida de quienes le escuchan, para que después de reflexionarlo, meditarlo y orarlo detenidamente, puedan descubrir y entender por sí mismos, la enseñanza que encierran.

En este pasaje tenemos tres parábolas sobre el reino de los cielos: la parábola del trigo y la cizaña, la parábola del grano de mostaza y la parábola de la levadura. Todas ellas empiezan diciendo: “el reino de los cielos se parece…”, por tanto, el Señor no está haciendo una descripción exacta de lo que es el reino de los cielos, sino poniendo comparaciones que nos sirvan para entenderlo.

La parábola del grano de mostaza y la de la levadura tienen un significado semejante. Un grano de mostaza es algo muy pequeño pero que tiene la capacidad de convertirse en algo muy grande. Una palabra, un gesto, una mirada, un saludo, pueden parecernos cosas irrelevantes y sin importancia para nosotros, pero podrían ser la razón por la que una persona decidiera acercarse a Dios y cambiar su vida. Podría ser como esa pequeña semilla que se convierte en un árbol. Por tanto, no hay que infravalorar absolutamente nada, por pequeño que sea, que sirva para sembrar el reino de los cielos en el mundo, porque crecerá, se hará grande y será capaz incluso de cobijar vida.

La levadura es aún más pequeña que el grano de mostaza. Es una forma de vida microscópica de la familia de los hongos. Cuando la mezclas con harina desaparece en medio de ella, pero al cabo de un tiempo de reposo, aun siendo algo tan insignificante, ha conseguido fermentar toda la masa. Se ha multiplicado y ha llenado de vida toda la harina con la que estaba mezclada, convirtiéndola en algo nuevo. Del mismo modo nosotros, mezclados con las personas con las que nos relacionamos, debemos propagar los valores del reino y convertir la realidad en la que vivimos en algo nuevo y lleno de vida.

Por desgracia el odio, los celos, la ambición, la mentira, el orgullo, la soberbia, el egoísmo, etc., son también muy fáciles de transmitir. Hay personas que totalmente entregadas a esas actitudes, impiden que el amor, el perdón, la solidaridad, la sinceridad, la humildad, la unidad, etc., sean la realidad que impere en todos los rincones de nuestro mundo. Y de eso es de lo que nos habla la parábola del trigo y la cizaña. No tengo por costumbre hablar del demonio, porque no quiero hacerle publicidad a la competencia, pero es una realidad que está ahí. Existe el mal. Existe la maldad. Eso es algo que podemos ver todos los días. El Señor nos dice que del mismo modo que Él siembra la buena semilla, que son sus discípulos, el maligno siembra la cizaña, que son sus partidarios. El mundo parece un campo de batalla donde el Señor y su enemigo luchan por ser el que más siembre; por ser el que más discípulos logre conseguir. A nosotros nos toca elegir de parte de quien estamos. En función de esa opción, entraremos en el reino de los cielos o nos quedaremos fuera.

Conforme a esta parábola, el Señor podría acabar con el mal cuando quisiera. Los ángeles están dispuestos a hacerlo en cuanto el Señor se lo ordene. El problema es que al arrancar la cizaña, se podría arrancar accidentalmente el trigo, y el Señor prefiere esperar hasta el momento de la siega, para no perder ni siquiera a uno solo de sus discípulos. Al contrario de lo que ocurre muchas veces entre nosotros, el Señor no va a permitir que paguen justos por pecadores. Otra cosa que se pone de manifiesto en esta parábola, es que el deseo del Señor es que todo el mundo se salve. Espera hasta el momento de la siega para darle a la cizaña la oportunidad de convertirse en trigo; para que todo el que quiera, pueda optar por Él y entrar a formar parte de su reino.

Una cosa se deja muy clara en esta parábola del trigo y la cizaña: al final el Señor vencerá. La lucha entre los discípulos del Señor y los partidarios del maligno no es una lucha entre iguales, en la que no sabemos quién ganará. El Señor es mucho más poderoso y su reino es el que terminará imponiéndose. El mal no tiene ningún poder sobre Él, y acabará sin ninguna duda derrotado. Por eso, no podemos desalentarnos cuando a nuestro alrededor parezca que el mal se impone y vence al bien, porque la victoria al final es del Señor. Nuestra tarea, mientras tanto, es perseverar en nuestro seguimiento del Señor, siendo lo más coherente que nos sea posible con los valores de su reino, y tomando conciencia de que, por muy pequeño que sea nuestro esfuerzo en favor del reino de los cielos, tendrá su efecto y producirá su fruto, como la levadura y el grano de mostaza.