INICIO TEXTO DEL EVANGELIO
correo@buscadmirostro.es    |    Acerca de las cookies    |   


DOMINGO DE CORPUS CHRISTI

Evangelio: Jn 6, 51-58
Reflexión

Cuando nuestro cuerpo se queda sin vida, no es más que un recipiente vacío. Sin vida nuestro cuerpo se deteriora hasta convertirse en polvo. Sin vida nuestro cuerpo no tiene valor, por muy bonito y perfecto que sea. Es la vida lo que da valor al cuerpo, no el cuerpo lo que da valor a la vida. No digo que el cuerpo no sea importante. El cuerpo tiene su importancia y por eso cuando alguien muere no se tira su cuerpo a la basura, sino que se trata con respeto y se le entierra con dignidad. Lo que digo es que nuestro cuerpo es importante porque tiene vida y mientras tenga vida. Conozco a gente cuyo cuerpo no es muy agraciado o incluso tiene alguna discapacidad, y sin embargo, son personas llenas de vida que contagian entusiasmo, optimismo, ganas de vivir. También conozco personas tremendamente atractivas pero que son muy desgraciadas y están vacías por dentro; viven superficialmente y son incapaces de preocuparse por nadie que no sea ellas mismas.

Respecto al cuerpo del Señor, nadie sabe exactamente como era. No nos ha llegado ninguna descripción física de Él. No sabemos si era alto o bajo, gordo o flaco, feo o guapo. Los artistas que le han representado en sus obras, han pensado que, como Hijo de Dios, debía ser un hombre físicamente perfecto, y así lo han tratado de reflejar. De todos modos, quienes seguían al Señor, no lo hacían por su aspecto físico, sino porque daba vida. Quienes se encontraban con Él en su camino, sentían sus vidas hacerse más plenas, porque el Señor los liberaba de aquello que se lo impedía: los ciegos recuperaban la vista, los sordos recuperaban el oído, los paralíticos volvían a caminar, los enfermos se curaban, los pecadores se convertían y hasta los muertos revivían. Las enseñanzas del Señor calaban en el corazón de quienes le escuchaban, y sus vidas dejaban de ser ya las mismas. Por ese motivo, muchos le seguían, independientemente de cómo fuera físicamente.

Hoy por hoy, también somos muchos los que continuamos siguiéndole, y su vida sigue llenándonos de vida bajo una apariencia bastante distinta a la que tenía durante su vida pública: el pan y el vino. Efectivamente, cuando el Señor celebró la última cena con sus discípulos, tomó pan y vino, lo bendijo, y lo repartió entre ellos diciendo que eran su cuerpo y su sangre. Desde aquella noche hasta la actualidad, seguimos repitiendo aquellos mismos gestos y palabras, y confesamos que está verdaderamente presente bajo las especies del pan y del vino. Ese fue, sin duda, el mejor regalo que el Señor podía hacernos: su persona.

En la Eucaristía el Señor se nos ofrece como alimento para que tengamos vida en nosotros. Cuando tomamos cualquier alimento, éste entra a formar parte de nuestro ser. Cuando comulgamos al Señor, Él entra a formar parte de nuestro ser. Sin alimento nuestra vida no puede sostenerse. Del mismo modo, sin el Señor, no podemos tener vida en nosotros. Alimentarse del Señor significa hacer nuestra su forma de situarse ante Dios, poniendo nuestra vida en sus manos; confiando firmemente en su providencia; aceptando su voluntad; anunciando y extendiendo su reino; en definitiva, amándole por encima de todas las cosas. Alimentarse del Señor significa hacer nuestra su forma de situarse ante los demás, aceptando a cada uno como es; comprendiendo sus límites; valorando sus virtudes; acompañando a quien está solo; consolando a quien está triste; compartiendo con quien no tiene; enseñando a quien no sabe; corrigiendo a quien se equivoca; levantando a quien cae; en definitiva, amándolo como a nosotros mismos.

En el mundo hay muchos alimentos. Nosotros somos libres de elegir los que queramos. Si nos inclinamos por los más dulces, los más bonitos, los ya cocinados o que no necesitan mucha preparación, nuestra salud se resiente y nuestra vida se deteriora rápidamente. Si elegimos alimentos sanos y variados, los combinamos de forma equilibrada, y dedicamos algo de tiempo y cariño a la hora de elaborarlos, nuestra salud se mantiene y ganamos en calidad de vida. Del mismo modo, si alimentamos nuestra vida con egoísmo, crítica, mentira, soberbia, ambición, celos, pereza, etc., no podemos tener una vida plena. Solo quien se alimenta del Señor puede vivir en plenitud.

Alimentarse del Señor, es asimilar su vida y que entre a formar parte de la nuestra. No se trata de una adhesión externa e ideológica; se trata de vivir en comunión con Él. No alimentarse del Señor significa no tener vida plena en nosotros. No se puede vivir en plenitud de espaldas a Dios y a los demás. Una vida sin los demás, es una vida egoísta, solitaria, vacía. Se puede vivir sin tener en cuenta a los demás, pero es una vida insatisfactoria y empobrecida. Una vida sin Dios es una vida sin sentido, sin rumbo, sin meta. Se puede vivir sin Dios, pero es una vida incompleta. También se puede vivir sin amor, pero ¿qué tipo de vida es esa?