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SANTIAGO APOSTOL

Evangelio: Mt 20, 20-28
Reflexión

Entre las noticias más habituales que encontramos en la prensa, están las que tienen como trasfondo la lucha por el poder. Vemos a unos países echando el pulso a otros países para alardear de su poder y de su fuerza; vemos a los partidos políticos criticando a los demás partidos para conseguir el poder; vemos a las empresas pugnando por estar por encima de las demás; incluso en el mundo del deporte vemos las luchas por los mejores fichajes, los casos de doping para obtener mayor rendimiento, etc. La lucha por el poder está presente prácticamente en todos los ámbitos de nuestra vida. Ya vemos que incluso está presente entre los propios discípulos del Señor.

Parece que llevamos en nuestros genes el deseo del poder; el deseo de estar por encima de los demás. El tener a todos a tu servicio y que te hagan reverencias y alabanzas; que todo el mundo haga lo que tú dices; tener la última palabra; tener privilegios; ser tratado de forma distinta a los demás; los puestos de honor; las alabanzas; etc. La ambición por el poder es una de las razones por las que más disputas hay en el mundo, entre los países, entre las personas. Causa división, enfrentamientos, celos, envidias, mentiras, y otras muchas actitudes antievangélicas.

Uno de los valores característicos de quien quiera vivir en sintonía con el reino de Dios es el del servicio. Vivir al servicio de los demás frente al vivir con la pretensión de que los demás estén a tu servicio. La persona que busca servir se caracteriza por ser y actuar igual tanto cuando está en el escalafón más alto como cuando está en el escalafón más bajo, porque su recompensa y su dicha es servir, no el escalafón en el que esté situado. Quien busca el poder sólo es feliz cuando está en el escalafón más alto; mientras tanto, se siente insatisfecho y convierte en un objetivo de su vida llegar al primer escalafón. Hay quien para conseguir eso es capaz de mentir, pisotear, difamar, zancadillear, incluso matar al que se le interponga.

También entre los discípulos se daban esas actitudes. La madre de los hijos de Zebedeo suplica al Señor que ponga a estos en los puestos más importantes de su reino. Los demás discípulos se indignan no por la actitud ambiciosa de los dos hermanos, sino porque ellos también quieren tener ese poder. Por eso, el Señor, los llama a todos, no solo a los dos hermanos, para explicarles aquello de que quien quiera ser el primero que sea el esclavo de los demás; quien quiera ser grande, que sea el servidor de los demás.

Por desgracia, esta lección del Señor aún seguimos teniendo necesidad de interiorizarla y hacerla realidad entre nosotros, dentro de la Iglesia. Son muchos los que aún no tienen asumido que ser discípulo del Señor es vivir como El, al servicio de los demás. Hay quienes se creen con derecho a mirar por encima del hombro a los demás; hay quienes se creen señores feudales; hay quienes se han equivocado de época, y convierten su cargo en un puesto desde el que alimentan su ego. Hay quienes quieren el poder para colgarse medallas, y no obviamente para dejarse colgar en una cruz. Su comportamiento es mundano y totalmente antievangélico. Algunos, como los que construían la torre de Babel, pretenden alcanzar el cielo. Son unos ilusos. Se olvidan de que todos estamos de paso, y de que el puesto que hoy ocupas mañana lo ocupará otro, y que todo lo que has hecho con la estúpida pretensión de que sea eterno, se tira por tierra y se cambia con la firma de un simple decreto. El pueblo de Dios recuerda siempre a quienes les han querido y servido humildemente, y se olvida enseguida de quienes no han hecho otra cosa que ostentación de su poder.

Independientemente de este tema del ansia de poder, también sería bueno que reflexionáramos sobre la súplica de la madre de los hijos del Zebedeo. Como cualquier madre, su intención no es mala; quiere lo mejor para sus hijos, y cree estar pidiendo lo mejor para ellos. Pero el Señor le responde: “No sabéis lo que pedís”. Realmente, muchas veces no sabemos lo que pedimos. Muchas veces creemos estar pidiendo algo bueno porque nos atrae; porque las expectativas que nos despierta son muy halagüeñas, pero en realidad no es así. Seguro que todos hemos tenido alguna vez la experiencia de haber deseado mucho alguna cosa, y sin embargo, cuando la hemos conseguido, nos hemos dado cuenta de que no nos satisfacía tanto como pensábamos.

El Señor nos enseñó a rezar con el Padre Nuestro, el “hágase tu voluntad”, como una forma de dejar a la providencia divina el concedernos en cada momento lo que mejor nos conviene; como una forma de reconocer que nuestra oración muchas veces es egoísta y poco evangélica, y es mejor ponerse en sus manos y que sea Él quien guíe nuestras vidas.