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DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Evangelio: Jn 3, 16-18
Reflexión

En una ocasión oí a un hombre decir que no quería tener hijos. Decía que el mundo era un lugar desagradable y lleno de peligros, y que en la vida no se podía encontrar otra cosa que sufrimientos. Decía que él no estaba dispuesto a colaborar en traer al mundo a una persona para que fuera una desgraciada. En otra ocasión, una mujer, también decía que no estaba dispuesta a tener hijos; que si los tenía se estropearía su figura y que tener hijos era una responsabilidad que no podía compaginar con sus aspiraciones laborales ni con su vida social. Personalmente opino que estas personas hacen bien no teniendo hijos, y que deben ser coherentes con su modo de pensar, aunque no coincida con el mío. Si todo el mundo pensara como ellos, la humanidad estaría abocada a su desaparición.

Los ejemplos anteriores nos sirven para subrayar lo contrario. No digo que quienes deciden tener hijos, lo hacen porque opinen que el mundo sea un lugar maravilloso y perfecto donde todo el mundo es feliz, pero consideran, al menos, que es un lugar habitable en el que merece la pena vivir, y en el que además de sufrimientos, también existe la felicidad y la posibilidad real de alcanzarla. Nadie ignora que tener hijos sea una responsabilidad que conlleva renunciar a muchas cosas, pero quienes deciden tenerlos, es porque consideran que merece la pena pagar ese precio, y porque dentro de su jerarquía de valores, dan más importancia a unos que a otros.

Cuando una pareja que se ama busca premeditadamente tener un hijo, no lo hace pensando en que va a ser un desgraciado, sino todo lo contrario. Lo hacen como expresión de su amor, para amarlo, cuidarlo y darle todo lo necesario para que sea feliz. En un hijo, así deseado, se puede contemplar el amor de sus padres hecho carne; la encarnación del amor de sus padres. Pues bien, no encuentro un ejemplo mejor para entender por qué Dios creó el mundo y todo lo que contiene, incluyéndonos a nosotros. Dios no nos creó por accidente. Dios nos creó premeditadamente, como expresión de su amor, para amarnos, cuidarnos y proporcionarnos todo lo necesario para que fuésemos felices. La creación entera es la materialización del Amor de Dios, y ese Amor de Dios se hizo carne en su Hijo, nuestro Señor.

En este sentido es fácil entender lo que dice este pasaje del Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito”. Dios ama al mundo; Dios ama lo que ha creado; Dios se siente realizado al contemplar su obra, como unos padres se sienten realizados al contemplar a sus hijos. Para Dios es tan importante el mundo, que le entregó a su propio Hijo. “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. ¿Por qué iba Dios a querer juzgar lo que ha creado por amor? No tiene mucho sentido sostener la imagen de un Dios que se sitúa frente al mundo como si fuera su enemigo. Es cierto que, a veces, se usa la palabra mundo en sentido negativo, pero en esas ocasiones no hace referencia al mundo como creación de Dios, sino como aquello en lo que el ser humano lo ha terminado convirtiendo con su comportamiento, y que no se corresponde con lo que quiere Dios. Por eso el mundo necesita salvación, y por ese motivo envió Dios a su Hijo.

Que Dios no enviara a su Hijo para juzgar al mundo no significa que no vaya a haber un juicio. Habrá un juicio, pero no será Dios quien lo realice. Según este pasaje, somos nosotros mismos quienes decidimos nuestro futuro. Somos libres para creer en Jesús o no creer; somos libres para elegir si queremos estar con Él o sin Él. Somos nosotros los que nos incluimos o nos excluimos de su Reino: “El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.”

Si miráramos el mundo y todo lo que contiene, incluyéndonos a nosotros, con los ojos con los que Dios lo ve, lo amaríamos como Él lo ama, y no estaríamos juzgándolo continuamente y fijándonos solamente en todo lo que no nos gusta o marcha mal en él. Si Dios envió a su Hijo fue porque consideró que merecía la pena hacerlo y confiaba en que podía ser mucho mejor de lo que es ahora; mucho más parecido a lo que quiere. Si después de su Hijo nos dejó la asistencia y guía del Espíritu Santo, es porque no ha renunciado todavía a sus planes de hacer que su creación alcance la plenitud, y que todos los que la habitamos y disfrutamos de ella, vivamos felices y contemplemos el amor que ha puesto en su obra.