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II DOMINGO DE PASCUA

Evangelio: Jn 20, 19-31
Reflexión

En este pasaje nos encontramos con los discípulos reunidos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Además del miedo, en sus corazones hay tristeza por la muerte de un amigo; posiblemente también hay sentimientos de culpabilidad por haberlo dejado solo en esos momentos tan amargos.

Durante mucho tiempo le habían seguido y habían visto lo que era capaz de hacer, y la autoridad y sabiduría de sus enseñanzas. Estaban convencidos de que había sido enviado por Dios; pero resulta que ha muerto en una cruz, así que es imposible que sea el Mesías, porque Dios no habría permitido que muriera de esa forma tan salvaje.

Se habían equivocado al seguirle. Habían dejado todo para nada. Están consternados. Se han quedado sin la persona que les guiaba, y ahora no saben qué hacer ni a donde ir. Están escondidos y esperan, tal vez, a que las cosas se calmen para poder escapar y volver cada uno a su vida de antes. Para colmo de males, fueron al sepulcro avisados por María Magdalena, y estaba vacío. Se preguntan dónde podría estar su cuerpo; quién se lo habría llevado, a dónde y por qué. Ha transcurrido una semana desde que pasó, y no saben nada.

De aquel grupo de personas hundidas, tristes, derrotadas y llenas de miedo, no se podía esperar nada. Tan solo la dispersión y el olvido. Y, sin embargo, cambiaron el mundo. ¿Qué les pasó? ¿Cómo siendo tan frágiles se hicieron tan fuertes? ¿Cómo estando tan asustados dejaron de tener miedo? ¿Cómo estando tan hundidos y tristes podían ahora transmitir tanta paz y alegría? ¿Se habían vuelto locos? ¿Acaso querían acabar también clavados en una cruz?

Lo que ocurrió fue que el Señor, en persona, estuvo con ellos. Les enseñó los signos de su crucifixión en las manos y el costado, para que se convencieran de que realmente era Él. Los discípulos le reconocieron y se llenaron de alegría. El Señor les dice “Paz a vosotros”. Paz porque no hay motivo para tener miedo. Paz porque no hay motivo para avergonzarse del pasado; nada de rencores por lo ocurrido; nada de reproches por haber sido tan torpes para entender, por las traiciones, negaciones, abandonos; por no haberle acompañado, por no haber sufrido y muerto con Él. Paz también porque no se equivocaron al seguirle. Realmente es el Hijo de Dios. Al resucitarlo, el Padre despeja todas las dudas acerca de quién es su enviado; acerca de quién es el Mesías.

Cuando llega Tomás y le cuentan lo que han vivido, éste duda. Parece que al pobre le toca ser el malo de la película por no creer en la resurrección del Señor, pero su postura es muy humana. Es difícil creer algo así. Ya era difícil fiarse de lo que decía el Señor; tener que fiarse ahora de lo que dicen los demás, resulta más difícil todavía. Tomás quiere pruebas, pero los demás discípulos no pueden demostrárselo. Solo pueden decirle lo que ellos han experimentado. Tomás quiere tener esa misma experiencia; quiere ver al Señor por sí mismo. Su deseo es muy humano y legítimo, y más cuando se trata de algo tan importante. El problema es que cuando se trata de la fe, las cosas funcionan al contrario; no podemos decir: “si no lo veo, no lo creo”, sino: “si no lo creo, no lo veo”.

A la semana siguiente, están de nuevo todos los discípulos reunidos, incluido Tomás. Aún siguen las puertas cerradas, esta vez en alusión a la incredulidad de Tomás, que se niega a creer que el Señor está vivo hasta que no lo compruebe por sí mismo. El Señor se pone en medio de ellos, vuelve a desearles la paz, y muestra a Tomás sus manos y su costado. Al reconocerlo, Tomás exclama: “Señor mío y Dios mío”. No se dirige a Él como Jesús de Nazaret, sino como Señor y como Dios, pues si ha resucitado es porque verdaderamente eso es lo que es.

El Señor le dice a Tomás: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”. Ciertamente, la fe es un don; es un regalo. Como tal, nadie puede obligarnos a aceptarlo; debemos hacerlo nosotros voluntariamente y de buena gana. La fe supone confiar, entre otras cosas, en que el mensaje que nos transmiten los demás, desde su experiencia de Dios, es verdad. A Tomás le faltaba esta fe; le costaba confiar en el testimonio de los demás. El evangelista alude a su incredulidad justo antes de afirmar que todo lo que ha escrito, lo ha hecho para que creamos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; como diciendo: “No seáis como Tomás. Creed en todo lo que he escrito, aunque no pueda demostrarlo.”

Es cierto que cuando hablas desde tu experiencia, tu testimonio es distinto a cuando hablas desde lo que otros te han contado. Cuando hablas desde la experiencia de otros, hablas desde la memoria; desde lo que recuerdas que otros te han enseñado. Cuando hablas desde tu experiencia, hablas desde el corazón; desde lo que has experimentado. No tienes que recordar nada. Solo tienes que describir lo que sientes o has sentido en tu corazón. Pero para experimentar al Señor por nosotros mismos, primero tenemos que confiar en el testimonio que nos dan los demás; los que ya se han encontrado con Él; aprender de ellos y dejarnos guiar.