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III DOMINGO DE PASCUA

Evangelio: Lc 24, 13-35
Reflexión

La muerte del Señor dejó a sus discípulos en una situación muy difícil de afrontar. Además del dolor por la pérdida de un amigo; del espanto por el modo en que murió; de la amargura por haberle dejado solo; los discípulos están consternados por el silencio de Dios y totalmente frustrados por no haberse cumplido sus esperanzas de que Jesús fuera el Mesías.

En esta ocasión no vemos a los discípulos reunidos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos, sino a un par de ellos que caminan al aire libre, pero alejándose de Jerusalén; el lugar en el que todo acabó de forma tan violenta. No entienden lo que ha pasado. Después de haber oído las cosas que decía el Señor y de ver lo que era capaz de hacer, no se explican que haya podido morir de esa manera. No es posible que viniera de Dios y que muriera abandonado por Él. Esa forma de morir da la razón a quienes decían que era un pecador, y se la quita a quienes pensaban que había sido enviado por Dios. ¿Pero si era un pecador, como era capaz de hablar de esa manera y de hacer las cosas que hacía? Están muy confusos. No saben qué creer.

La confusión interna que experimentan es tan grande que externamente son incapaces de reconocer a Jesús aunque lo tuvieran delante. Lo toman por un forastero despistado y le explican lo que ha pasado. Describen a Jesús como un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante el pueblo; no le reconocen como Mesías, ni como Hijo de Dios, porque es imposible que alguien tan importante pueda morir de ese modo. Reconocen su profunda decepción porque Jesús no fuera el liberador de Israel que ellos esperaban.

También le cuentan el testimonio de las mujeres que vieron el sepulcro vacío y a unos ángeles que anunciaban que estaba vivo, pero eso en vez de alegrarles les ha sobresaltado. A estos discípulos les pasa lo mismo que a Tomás; si no lo ven por ellos mismos, no creen. Por eso abandonan al resto del grupo y se marchan de Jerusalén. Ya se acabó todo; no hay nadie a quien seguir. Lo que toca es disgregarse y que cada uno se vaya a su casa a seguir con su vida.

Hay muchas cosas en la vida que solo conseguimos entender cuando crecemos, maduramos y la experiencia nos va abriendo los ojos a la realidad. Cuando somos pequeños no entendemos muchas cosas que nos dicen los adultos. Cuando nos dicen, por ejemplo, que es muy importante estudiar para nuestro futuro, comprendemos el significado de las palabras, pero no estamos capacitados para entender la importancia y el valor que tienen. Eso es algo que descubrimos más tarde, cuando tenemos que hacer frente a la vida por nosotros mismos.

Con la Palabra de Dios ocurre algo parecido. Hay pasajes de la biblia que, por mucho que oigamos o leamos, no entendemos bien hasta que no tenemos una determinada experiencia. A todos nos ha ocurrido que un texto que no nos decía nada o no nos llamaba especialmente la atención, se convierte, a la luz de una determinada experiencia o en una determinada situación, en un texto esencial para nuestra vida. También nos ha ocurrido que un determinado texto antes nos decía una cosa, y con los años nos dice otra. Las palabras siguen siendo las mismas, pero la experiencia de nuestra vida nos hace vivirlas de forma distinta.

Algo así debió ocurrirles a los discípulos de Emaús. Cuando el Señor les explica las escrituras, les hace ver todo lo que en ellas hacía referencia a Él y a lo que le ocurrió. Cuando los discípulos, ayudados por el Señor, releen las escrituras a la luz de la experiencia que han tenido y de lo que han vivido con Él, sus corazones arden porque descubren el verdadero significado que tenían; porque se dan cuenta de que todas las piezas del puzle que intentaban completar encajan perfectamente. Entienden sus palabras, sus obras, su pasión y su muerte. Dios no estaba guardando silencio. Estaba hablando; y lo hacía como nadie más que Él puede hacerlo; diciendo lo que sólo Él tiene poder para decir.

Al atardecer, le piden al Señor que se quede con ellos. Vuelven a revivir la última cena. El Señor bendice el pan, lo parte y se lo da; y ellos le reconocieron al partir el pan. La confusión que tenían y que les impedía reconocer al Señor, desaparece. De forma inmediata se vuelven a Jerusalén, que ya no es el lugar donde todo acabó trágicamente, sino el lugar donde Dios manifestó su gloria. Vuelven a reunirse con el resto de los discípulos, que ya no es grupo de personas deprimidas y atemorizadas, sino una comunidad exultante de alegría porque también se han encontrado con el Señor.

Desde entonces hasta hoy se repite esta escena que hemos contemplado, cada vez que celebramos la Eucaristía. Leemos la Palabra de Dios, la meditamos, bendecimos el pan, lo partimos y lo comulgamos. La Eucaristía es uno de esos lugares privilegiados en el que podemos encontrarnos con el Resucitado. Donde podemos vivir la experiencia de que nuestro corazón se acelere al oír su voz; donde podemos vivir la experiencia de que todo nuestro ser se llene de alegría al reconocer su presencia.