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IV DOMINGO DE PASCUA

Evangelio: Jn 10, 1-10
Reflexión

La experiencia de encuentro con el resucitado, que en estos días celebramos y contemplamos, es la que da origen al nacimiento de la Iglesia. Los discípulos del Señor difunden y extienden por todas partes el Evangelio, dando lugar al nacimiento de nuevas comunidades cristianas por todo el mundo. Esta expansión de nuestra fe no estuvo exenta de dificultades y obstáculos, no sólo por las persecuciones y martirios de muchos cristianos, sino por quienes desde dentro, desde la propia Iglesia, actuaban con malas intenciones y buscaban el beneficio propio.

En este pasaje encontramos una advertencia del Señor respecto a esas personas. Como siempre, usa un ejemplo muy sencillo para que todo el mundo lo entienda. Compara la actitud de un pastor con la de un ladrón. Dice que el ladrón no usa la puerta para entrar en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otro lado; no actúa abiertamente, sino a escondidas; no se le ve venir de frente, sino que se cuela por donde menos se le espera; se oculta para que sus intenciones no sean descubiertas. El ladrón no busca el bien de las ovejas, sino aprovecharse de ellas; viene para llevarse lo que no es suyo; no le importa la vida de las ovejas, sino el beneficio que puede sacar de ellas.

El pastor, en cambio, entra por la puerta; el guarda le deja pasar; actúa abiertamente y sin esconderse; no alberga malas intenciones; no tiene por qué ocultarse. El pastor piensa en lo mejor para sus ovejas. Se pone delante de ellas para conducirlas por caminos seguros a donde están los mejores pastos para comer; a donde tienen agua abundante y limpia para beber; a donde pueden moverse tranquilas. La vida del pastor son sus ovejas. Vive para cuidar de ellas. Mantiene al rebaño unido, y conoce a cada una por su nombre. Sabe cómo es cada una de ellas individualmente.

En las distintas diócesis, congregaciones, institutos, parroquias, comunidades, asociaciones, grupos, o cualquier otra forma de organización bajo la cual nos reunamos mujeres, hombres, religiosos, religiosas, monjas, monjes, sacerdotes, diáconos, obispos, cardenales, o lo que quiera que seamos, podemos distinguir estas dos actitudes: la de los pastores y la de los ladrones. Donde haya unidad, paz, entendimiento, aceptación, crecimiento, etc., y se puedan satisfacer de forma ordinaria las necesidades espirituales básicas de cualquier creyente, seguro que hay un pastor que se está preocupando por facilitar todo eso. Donde haya división, críticas, autoritarismo, enfrentamientos, intolerancia, exclusión, prejuicios, dispersión, etc., y no se pueda vivir en paz ni satisfacer ni siquiera mínimamente la necesidad de Dios, seguramente habrá un ladrón que no es capaz de pensar en nadie que no sea él mismo, y al que le importan muy poco los demás, de quienes no pretende otra cosa que aprovecharse de algún modo. De este tipo de personas es de las que el Señor trata de advertirnos con este ejemplo.

El Señor no dice que sea el pastor; ni siquiera dice que sea el guarda; dice que es la puerta: “Yo soy la puerta de las ovejas”. La puerta es la abertura a través de la cual accedemos al interior de un recinto o salimos de él. Así pues, podemos definir al pastor, como aquel que entra en el recinto a través del Señor. Aquel que acepta al Señor; anuncia su palabra; se identifica con Él; hace suya su tarea; intenta vivir como Él; tiene sus mismas actitudes respecto a los demás; etc. En cambio, es ladrón, el que no entra a través del Señor, sino con otros criterios, otras intenciones, otras actitudes, otras enseñanzas, etc. Quien entra a través del Señor, encuentra la salvación y transmite el mensaje de salvación; quien no entra a través del Señor, nos lleva a la perdición.

Del mismo modo que las ovejas saben distinguir la voz de su pastor y desconfiar de los extraños, también nosotros sabemos distinguir de quien podemos fiarnos y de quien no. A veces, puede ocurrir, que dentro del aprisco nos encontremos al pastor y al ladrón; es decir, que se den las dos actitudes descritas anteriormente. Quienes buscan la unidad y quienes dividen; quienes buscan conciliar y quienes buscan enfrentar; quienes buscan el bien común y quienes buscan el bien propio; quienes transmiten paz y alegría y quienes transmiten desasosiego y amargura. Es fácil distinguir a unos de otros. Basta estar delante de ellos y enseguida nuestro corazón se llena de alguno de esos sentimientos que lo delata.

Es fácil distinguir a los pastores de los ladrones entre los demás. Lo que no resulta tan fácil es reconocerse a sí mismo en el lado negativo del ejemplo, porque sabemos auto-justificarnos de muchas maneras; de convertir lo negro en blanco y lo blanco en negro, según nuestra conveniencia. Si queremos ser honestos con nosotros mismos, basta con observar sin miedo qué efecto es el que producimos a nuestro alrededor. Mis actitudes, mis palabras, mi presencia, ¿qué produce?: unidad o división, paz o desasosiego, inclusión o exclusión, crecimiento o estancamiento, aceptación o intolerancia, perdón o rencor, etc. No juzguemos a los otros, o al menos, no lo hagamos sin habernos primero juzgado a nosotros mismos, para que la misericordia que nos gustaría que tuvieran con nosotros, la tengamos también con respecto a los demás.