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V DOMINGO DE PASCUA

Evangelio: Jn 14, 1-12
Reflexión

Todos esperamos de la vida más o menos lo mismo: salud, paz, amor, seguridad, felicidad, unión, lo que necesitamos para vivir, etc. Para conseguir estas cosas se pueden seguir distintos caminos. Hay caminos más cortos y otros más largos; los hay más fáciles y otros más difíciles. Cada uno es libre de elegir el que quiera; hay muchas opciones.

Hay quienes siguen el camino del dinero. Todos necesitamos dinero para procurarnos lo que nos hace falta para vivir. Poseer dinero no es malo; lo malo es que el dinero te posea a ti, porque puede convertirse fácilmente en una especie de droga. Cuanto más se tiene más se quiere tener; nunca es suficiente; se vive enganchado a la necesidad de acumular cuanta más riqueza mejor.

Hay quienes siguen el camino del ansia de poder. El modo en que nos organizamos en la sociedad, en las empresas, en las asociaciones, en la Iglesia, etc., requiere que haya personas que tengan un determinado poder y lo ejerzan conforme a lo establecido. Poseer poder no es malo, lo malo es que el poder te posea a ti. También el poder puede convertirse en una droga; no se ha terminado de subir un escalafón cuando ya se está pensando en subir al siguiente. La satisfacción de subir en la jerarquía no es completa hasta que se consigue llegar a lo más alto; hasta que todos están por debajo de ti, y no tienes a nadie por encima a quien rendirle cuentas. Es entonces cuando te encuentras vacío y te preguntas si ha merecido la pena tanto esfuerzo.

Hay quienes siguen el camino del tener. Todos necesitamos determinadas cosas para vivir, y tenerlas no es malo; lo malo es cuando se convierte en una adicción. Tener la última marca de coche, de móvil, de televisión, de ropa, de bisutería, etc. No se compra lo que se necesita; lo que se necesita es comprar. Se convierte en una esclavitud, porque nunca deja satisfecho. Se adquiere una determinada cosa pensando en que eso nos hará más felices, pero en cuanto pasa la novedad y se convierte en un objeto más del paisaje de nuestra casa, cae en desuso y en el olvido, y volvemos a necesitar comprar otra cosa.

Hay quienes siguen el camino del placer. Podemos encontrar placer en muchas cosas: en la comida, la bebida, el sexo, el juego, el tabaco, la comodidad, la televisión, el deporte, la velocidad, etc. El placer no es malo. Tener placer no es malo. Lo malo es cuando se convierte en una adicción. Lo malo es cuando nos hace esclavos y no vivimos para otra cosa que para buscarlo y obtenerlo. También es malo porque puede poner seriamente en riesgo nuestra salud física o mental: alcoholismo, tabaquismo, bulimia, ludopatía, etc.

Así pues, como decíamos al principio, en la vida podemos escoger distintos caminos para conseguir la felicidad y la plenitud. Los enumerados anteriormente son algunos de los más típicos que encontramos hoy en la sociedad, y la verdad es que no los he descrito muy positivamente. Pero cada uno es libre de elegir el camino que quiera. Lo importante es que seamos conscientes de nuestras opciones y que asumamos las consecuencias. No dejemos que sean otros quienes decidan por nosotros; no vayamos dando tumbos sin una dirección concreta; no nos dejemos llevar por lo que hacen los demás; no seamos esclavos de un determinado camino. Si un camino no nos conduce a donde queremos, lo lógico es que busquemos otro.

Dentro de la oferta de caminos a seguir que podemos encontrar en la vida, el Señor nos invita a seguir el suyo. Nos dice: “Yo soy el camino y la verdad y la vida”. Así que, quienes estén cansados de seguir caminos que no les llenan ni les hacen felices, pueden plantearse seriamente aceptar esta oferta que nos hace el Señor. Quienes lo descubren, ya no quieren seguir otro camino que el suyo. En los demás caminos no eres tú el protagonista, ni eres libre. Te dejas llevar; te dejar arrastrar por la corriente; intentas atrapar la felicidad plena pero siempre se queda en el horizonte, como los espejismos; manteniéndote en una insatisfacción constante.

El Señor nos invita a seguirle por un camino menos atractivo que los demás, pero eres tú quien lo recorre; a tu ritmo, con tus fuerzas y tus debilidades, con tus talentos y tus defectos, con tus aciertos y tus errores. Puedes abandonarlo en cualquier momento; eres libre de tomar otras opciones. No es un camino que te aporte dinero y riquezas, y sin embargo, te sobra todo; no es un camino que te proporcione el orgullo de estar por encima de los demás, sino la felicidad de estar al servicio de todos; no es un camino con el que tu casa se vaya a llenar de cosas, porque tu vida estará tan llena que no habrá espacio para nada más; no es un camino que produzca placer pero es un camino que produce gozo; no es un camino lleno de gratificaciones, pero es un camino con el que se alcanza la plenitud. En definitiva, no es un camino como los demás, porque no produce adicción ni tiene consecuencias negativas para nosotros ni para quienes nos rodean. Al contrario, conduce a la plenitud de nuestra vida y repercute de forma positiva en la vida de los demás.

Un aspecto importante de este camino, que también lo diferencia de los demás, es que no es un camino pensado para recorrerlo solo. Es un camino que se recorre en comunidad. Lo primero que hizo el Señor antes de empezar su vida púbica fue escoger a sus discípulos. Cuando les encomendaba alguna misión lo hacía enviándolos de dos en dos. Nunca solos. Así pues, es un camino para recorrerlo juntos en comunidad, y con el Señor delante guiándonos y protegiéndonos.