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VII DOMINGO DE PASCUA

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Evangelio: Mt 28, 16-20
Reflexión

“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos”. La misión de los discípulos es hacer discípulos, pero para hacer discípulos primero hay que ser discípulo. Habitualmente un discípulo es alguien que recibe las enseñanzas de un maestro durante un tiempo determinado, hasta que termina su instrucción. En nuestro caso, ser discípulo es algo más. Para nosotros ser discípulos es seguir a Jesucristo, nuestro Maestro, no como a alguien que nos enseña cuestiones teóricas o del que aprendemos habilidades prácticas, durante una serie de años de formación; para nosotros ser discípulos es seguir a aquel que nos da la Vida. Así pues, se es discípulo siempre.

Ser discípulo es una opción que compromete toda la vida. No es un disfraz que nos ponemos o nos quitamos cuando nos parece. Se es discípulo en casa, en el trabajo, en la calle, por la mañana, por la tarde, por la noche, despiertos o dormidos, tristes o alegres; se es discípulo en todo momento y en todo lugar. Ser discípulo no es un objetivo que se alcanza, es un camino que recorrer.

Un discípulo no es un fan; no es alguien que admira a otra persona y aplaude entusiasmado entre el público todo lo que hace o dice, pero luego su vida continúa su propio camino. Un discípulo no es un socio; no es alguien que se apunta a un grupo, paga su cuota, y apoya puntualmente a una causa como hobby o entretenimiento. Un discípulo no es un cliente; no es alguien que viene a consumir y cuando está satisfecho se marcha hasta la próxima vez que necesita algo. Un discípulo no es un voluntario; no es alguien que se compromete con una tarea movido por su altruismo. Un discípulo es, fundamentalmente, alguien que ama a Jesucristo y lo transmite con obras y palabras.

La tarea que el Señor encomienda a sus discípulos de ir a hacer discípulos, más que una tarea habría que verla como una consecuencia natural del ser discípulo. Cuando alguien encuentra en su vida algo que le entusiasma es incapaz de callárselo. Aprovecha cualquier oportunidad para decirlo, y lo hace de tal manera que contagia su entusiasmo a quienes le rodean. Obviamente, no podemos pretender vivir en un estado continuo de euforia por habernos encontrado con el Señor, pero ese encuentro con Él es el que nos empuja a amarle y a anunciarle. Por eso es tan importante para nosotros la oración y la celebración de la Eucaristía comunitaria, porque son lugares privilegiados de encuentro con Él.

Pero ser discípulo no se reduce a rezar e ir a misa. Si la oración y la Eucaristía me apartan del mundo en vez de empujarme a Él, podemos estar seguros de que algo va mal. Quien se ha encontrado de verdad con el Señor, no puede permanecer impasible ante el sufrimiento de quienes le rodean, no puede ser insolidario con los necesitados, no puede tener un corazón de piedra. Además de rezar y de hacer, el discípulo del Señor también tiene que saber; tiene que tener la formación necesaria que le permita dar razón de su fe a quienes le pregunten sobre ella, o a quienes quiera anunciársela. Así pues, es importante que en la vida de un discípulo del Señor haya un sano equilibrio entre la oración, la acción y la formación. Ser discípulo del Señor es orar, es hacer, es saber, pero sobre todo es amar. De nada sirve todo lo que rezo, todo lo que hago o todo lo que sé, si no tengo amor.

Ser discípulo es optar por vivir conforme al Evangelio conscientes de nuestras limitaciones, nuestros pecados, nuestros errores. El Señor sabe bien como somos, y no solo nos ha aceptado así, sino que además nos ha invitado a seguirle y a continuar con su misión. Si el Señor no ha tenido inconveniente en contar con nosotros a pesar de nuestras debilidades, no convirtamos esas debilidades en una excusa para no seguirle y anunciarle. No nos anunciamos a nosotros sino a Él; la tarea no es hacer discípulos nuestros sino suyos; nadie tiene que seguirnos a nosotros, sino a Él.

Otro aspecto importante de este pasaje es que el Señor no se desentiende de nosotros. No es alguien que vino, nos encomendó una tarea y se marchó sin querer saber más de este asunto. Antes de volver con el Padre nos dijo: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos.” Por tanto, Él está siempre con nosotros; no nos ha dejado solos. Camina delante de nosotros como nuestro Pastor y Guía, abriéndonos el camino; protegiéndonos; manteniéndonos unidos. Así ha sido durante siglos y así seguirá siendo hasta que Él quiera. No tenemos nada que temer. El Señor ha querido quedarse con nosotros y nos acompaña siempre.