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DOMINGO DE RAMOS

Evangelio: Mt 26, 14-27,66
Reflexión

El relato de la pasión del Señor es desolador. Resulta trágico que el mismo pueblo que imploraba a Dios que enviara al Mesías, no fuera capaz de reconocerlo cuando lo tenía delante, y lo condenara a muerte por ser un blasfemo.

El Mesías que ellos esperan es reflejo del Dios en el que creen. Es un pueblo que cree en un Dios juez que castiga a los pecadores, no en ese Dios de Jesús que perdona y es misericordioso con ellos. Es un pueblo que cree en un Dios que pone al hombre al servicio de su ley, no en ese Dios de Jesús que pone la ley al servicio del hombre. Es un pueblo que cree en un Dios que quiere siervos, no en ese Dios de Jesús que lo que quiere son hijos. Es un pueblo que cree en un Dios al que todos deben servir, no en ese Dios de Jesús que viene para servir a todos. En definitiva, es un pueblo que cree en un Dios distinto al que el Señor predica y muestra con su manera de actuar. Jesús es reflejo de un Dios totalmente distinto. No es de extrañar que no le reconocieran como el Mesías.

Tampoco sus discípulos lo tenían muy claro. Aceptan con entusiasmo las enseñanzas de Jesús y son testigos privilegiados de los milagros que Dios hacía a través de Él, pero hay cosas que no terminan de entender muy bien. Si Jesús es el Mesías, ¿por qué no usa su poder para reclamar el lugar que le corresponde, y se pone al frente de su pueblo para gobernarlo, hacerlo próspero y poderoso, y que todas las naciones de la tierra se conviertan y crean en Él? ¿Por qué Jesús habla de perdonar al que te ofende, de poner la otra mejilla, de rezar por los enemigos, de entregarse hasta la muerte? ¿Por qué iba Dios a permitir el sufrimiento y la muerte de su enviado? Esa parte de su enseñanza no la entienden; no la aceptan.

Judas es un discípulo decepcionado porque Jesús no cumple con sus expectativas mesiánicas, y por eso le pudo la codicia y lo vendió. Judas no quería la muerte de Jesús; tal vez pensó que le darían un escarmiento o lo meterían en la cárcel algún tiempo, pero nunca pensó que lo condenarían a muerte. Cuando se enteró de lo que pensaban hacer, no pudo con el sentimiento de culpa y se quitó la vida.

Resulta llamativa la reacción de los demás discípulos cuando Jesús les revela que uno de ellos le va a traicionar. En vez de buscar al culpable y frenar la traición, se entristecen, se miran a sí mismos y se descubren capaces de traicionarlo. Ninguno de ellos está seguro de ser capaz de seguir al Señor hasta las últimas consecuencias.

Los discípulos no entienden que el Mesías tenga que entregarse y morir, por eso cuando se acerca el momento, no son capaces de orar con Él y se quedan dormidos. Cuando vienen para arrestar a Jesús, ellos estaban dispuestos a defenderle y sacan la espada, pero Jesús no quiere eso. Los discípulos son capaces de matar por Él, pero no de morir con Él. No huyen porque sean unos cobardes; lo abandonan porque no quieren seguir a un Mesías que se entregue, sino a uno que luche e imponga su poder.

Pedro sigue a Jesús desde lejos. Debió vivir una durísima lucha interior. Sabe que Jesús es el Mesías pero no entiende por qué se deja detener y se pone en manos de sus enemigos. Quiere estar con Él. No quiere dejarlo solo, pero no está dispuesto a que esa gente se salga con la suya, le humillen y le juzguen con sus mentiras. Hasta tres veces se vio obligado a responder que no le conocía; que no tenía nada que ver con ese hombre. Sus lágrimas amargas son fruto de un amor sincero hacia su amigo, pero su orgullo es demasiado fuerte todavía. No puede dejar que los envidiosos, los fanáticos, los mentirosos, los hipócritas, los injustos, se salgan con la suya. Hay que someterlos a todos, no dejarse someter por ellos. Le hace daño recordar que el Señor le dijo que le negaría. Le hace daño caer en la cuenta de que, a pesar de eso, Él quiso que estuviera a su lado cuando oraba al Padre en Getsemaní, y ni siquiera en aquellos momentos, fue capaz de acompañarlo con su oración.

A pesar de todas las acusaciones, el Señor guarda silencio; no se defiende. En este relato sólo habla en dos ocasiones. La primera es cuando Caifás le pregunta si es el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús responde: “Tú lo has dicho”. El Señor no puede negar quién es ni de dónde viene, aunque eso suponga su condena a muerte. El Señor no puede negar a su Padre; no puede negarse a sí mismo. La segunda ocasión es cuando Pilato le pregunta si es el rey de los judíos. Él responde: “Tú lo dices”. El Señor no puede negar tampoco a su pueblo, aunque éste lo rechace, aunque éste pida su muerte.

El Señor es fiel a Dios y fiel al pueblo al que fue enviado. Lleva hasta sus últimas consecuencias su amor a Dios y su amor al prójimo. Esto es lo que después sus discípulos predicarán por todo el mundo; esto es lo que nos toca predicar también a nosotros hoy en nuestro entorno.