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JUEVES SANTO

Evangelio: Jn 13,1-15
Reflexión

En la naturaleza impera la ley del más fuerte. El pez grande se come al pequeño; los más fuertes sobreviven, y los más débiles perecen; los que tienen más capacidad para adaptarse prosperan y los que no desaparecen. Esta ha sido la tónica general en la evolución de todas las especies, incluida la humana. A lo largo de la historia vemos como se repite continuamente este esquema. Cuando una nación prospera y se hace poderosa, extiende su dominio sometiendo por la fuerza a las demás, y obligándolas a acatar sus normas. También en nuestras relaciones aceptamos con naturalidad, que quienes ostentan algún tipo de poder, sean los que decidan y tomen las decisiones, y los demás quienes obedezcan. Hay quienes usan ese poder para oprimir y someter, y quienes lo usan para servir al bien común.

Con respecto a Dios se sigue también la misma dinámica. Siendo el Todopoderoso, la relación con Él no podía estar basada en otra cosa que en la obediencia y el sometimiento a su voluntad, pues de lo contrario, sólo cabe esperar un castigo horrible. Es un Dios temible del que es mejor mantenerse lejos, y cuyas normas hay que cumplir escrupulosamente. Es un Dios al que hay que alabar y ofrecer sacrificios para tenerlo contento. Es un Dios ante el que hay que arrodillarse y al que hay que servir.

El Señor rompe nuestros esquemas de relación con Dios. Durante toda su vida pública ha combatido contra la imagen de un Dios colérico y malhumorado que está deseando castigar al que le desobedezca. Nos ha enseñado a llamar a Dios: Padre. Nos ha asegurado que es misericordioso, y que si alguna vez nos apartamos de Él y decidimos volver, lo encontraremos esperándonos con los brazos abiertos. No es un Dios al que haya que temer y obedecer como si fuéramos sus siervos, sino un Dios al que hay que amar como a un Padre.

El Señor también rompe nuestros esquemas respecto al poder. No son los de abajo quienes tienen que servir a los de arriba, sino que son los de arriba los que tienen que servir a los que están por debajo. Invierte nuestra jerarquía en lo que al ejercicio del poder se refiere. El poder es una responsabilidad no un privilegio. El poder hay que usarlo para servir a los demás, no para que los demás nos sirvan.

El gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos no es un gesto de sumisión sino de servicio. El Señor nos enseña a ver el servicio a los demás no como una actitud de sometimiento, servidumbre, o debilidad frente al otro, sino como un reconocimiento del valor que el otro tiene que tener para mi vida. El otro no es mi enemigo; el otro no es mi competidor; el otro no es inferior a mí, ni tampoco superior; el otro es tan importante como yo; en servirnos el uno al otro encontraremos la dicha de vivir unas relaciones fraternas. Si competimos por estar el uno por encima del otro, nuestras relaciones serán de competencia, de poder, de sometimiento, de lucha continua, de desconfianza, de envidias, de celos y de enfrentamientos continuos.

Cuando el Señor intenta lavar los pies a Pedro, éste se niega. Le cuesta aceptar que el Mesías, el Hijo de Dios, se arrodille ante él para servirle. Le cuesta trabajo renunciar al esquema de que quien sirve es menos importante que el que es servido. Por tanto, es él quien tiene que lavar los pies de su Maestro, y no al contrario. El Señor le dice entonces que si no se deja lavar los pies no es de los suyos; que si no cambia su mentalidad respecto al poder y al servicio, seguirá siendo del mundo. Aceptar que todos debemos servirnos unos a otros, y que quien quiera ser el primero tiene que ser el último, como demostró el Señor con este gesto del lavatorio de los pies, implica renunciar a un esquema de relaciones donde cabe luchar por ser el más fuerte; por ser el que domine y someta a los demás.

La enseñanza del Señor es muy clara. No requiere ningún esfuerzo de interpretación. Nos ha dado su ejemplo para que lo sigamos. Si Él nos lavó los pies, también nosotros debemos lavarnos los pies unos a otros; también nosotros debemos vivir en esta actitud de servicio de unos hacia otros. Debo mirar al prójimo como a alguien ante quien el Señor se arrodilló y lavó los pies antes que yo, y por quien también entregó su vida. Cuando me pongo en actitud de servicio ante él, no hago sino imitar el ejemplo del Señor.