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VIERNES SANTO

Evangelio: Jn 18,1-19,42
Reflexión

Al contemplar la muerte del Señor, nos damos cuenta de que no estamos ante la muerte de un hombre cualquiera. No se trata de alguien que muera por defender unas ideas o por querer alcanzar algún objetivo concreto. Su pasión era hablar de Dios, a quien llamaba Padre. No podía dejar de hablar sobre Él, y lo hacía como quien lo conocía personalmente y vivía en total comunión con Él. Su enseñanza era sencilla y cercana, pero superaba en autoridad a cualquiera de los sabios del templo. Todo cuanto pedía a Dios, Éste se lo concedía para convencer a quienes dudaban, de que efectivamente era su enviado. Los ciegos podían ver, los sordos podían oír, los paralíticos podían caminar, los enfermos recuperaban la salud.

Al Señor lo intentaron matar muchas veces, pero Él siempre se escapaba. Podía haberse escapado de nuevo, también en esta ocasión, porque sabía que Judas los traicionaría, pero no lo hizo. Pudo haber dejado que sus discípulos lo defendieran a espada, como pretendía hacer Pedro, pero no lo permitió. Cuando lo estaban juzgando podía haberse retractado de todo lo que predicó; podía haber pedido perdón por todo lo que hizo; y podía haber suplicado por salvar su vida, pero no lo hizo. No tenía nada de lo que arrepentirse; no pensaba renegar de su Padre, ni de nada de lo que dijo e hizo en su nombre. Cumplió con la tarea que le fue encomendada; aquello para lo cual había nacido.

Para el sumo sacerdote, los escribas y los ancianos, Jesús es una amenaza porque sus enseñanzas se apartan de la tradición, porque no respeta el sábado, porque se relaciona con pecadores y gente de mala fama. Le tienen miedo porque ellos no son capaces de enseñar como Él, ni Dios hace a través de ellos los signos que hace a través de Él. Jesús tiene cada vez más seguidores y ellos cada vez menos. El pueblo está dividido entre los que le siguen y los que le persiguen.

Como los judíos vivían, en aquel entonces, bajo la dominación del imperio romano, tenían prohibido aplicar la pena de muerte. Por eso lo llevan a Pilato para que éste lo condene a muerte. Si hubieran podido condenarlo a muerte ellos, Jesús habría muerto posiblemente lapidado. Cuando llevan a Jesús ante Pilato, no entran en el pretorio para no contaminarse y poder celebrar la Pascua. Aquí tenemos un ejemplo de la hipocresía y la ceguera de estas personas. Para ellos, tener el corazón lleno de odio, de envidia y de celos hacia Jesús, y querer matarlo a cualquier precio, no es motivo de impureza, pero pisar la casa de un pagano sí lo era.

En su diálogo con Pilato, el Señor le dice que su reino no es como los de este mundo; que cuentan con soldados y recurren a la violencia para imponerse a los demás reinos. Jesús dice a Pilato que ha nacido y venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Pilato pregunta a Jesús ¿qué es la verdad? Porque no se da cuenta de que la tiene delante: Dios que se hace hombre para mostrar su verdadero rostro; para buscar a los extraviados; para consolar a los débiles; para curar a los enfermos; para perdonar a los pecadores; para anunciar su amor y enseñar cual es el culto verdadero; el que de verdad agrada a Dios.

Para Pilato, Jesús no es más que un incordio; un problema. Sabe que es inocente pero su vida no tiene ningún valor para él. Como gobernador tiene que mantener el orden; no puede permitir ningún tumulto ni desorden por culpa de ese hombre. Aun así, salió hasta en tres ocasiones para decir que no encontraba ninguna culpa en Jesús, y las tres veces el pueblo le pidió a gritos que lo crucificara. Primero les dio a escoger entre Barrabás y Jesús, y el pueblo, manipulado por sus autoridades, eligió a Barrabás. Luego lo mostró ensangrentado, después de haber sido torturado por los soldados, con la corona de espinas y el manto de color púrpura. Pero el pueblo no se sintió satisfecho con ese castigo; querían su muerte porque decía que era el Hijo de Dios. En la tercera ocasión, tenemos un segundo ejemplo de la hipocresía de estas personas: odian al imperio romano y al Cesar, pero no les importa gritar que no tienen otro rey que el Cesar, con tal de que eso sirva para convencer a Pilato de que condene a muerte a Jesús.

Lo más trágico de esta situación, es que los que piden la muerte de Jesús piensan que están haciendo algo bueno, porque están acabando con alguien que está ofendiendo a Dios. Piensan que Dios estará incluso contento con ellos. Están tan ideologizados y radicalizados en su postura, que son incapaces de ver el terrible error que están cometiendo.

Jesús acepta su muerte como una consecuencia de ser fiel a la misión que le encomendó el Padre. No muere por defender una idea o difundir un modo de pensamiento; muere por Alguien; por querer que conociéramos cómo es realmente; qué es lo que siente por nosotros; qué es lo que está dispuesto a hacer por nosotros. Ese Alguien envió y sacrificó a su Hijo por nosotros. Nuestra tarea no es, por tanto, pregonar o defender unos pensamientos o una determinada filosofía o estilo de vida. Los cristianos no somos personas que siguen a una idea; lo que seguimos es a una persona. Lo que nos ha cautivado no es una ideología, sino una persona. Alguien que demostró que nos amaba hasta el extremo, muriendo por nosotros. Alguien que, desde la cruz, no puso bajo la protección de su madre, encomendándonos que también nosotros la custodiáramos a ella.