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DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Evangelio: Jn 20, 1-9
Reflexión

A lo largo de la historia, son muchas las personas que han sido perseguidas o asesinadas porque resultaban incómodas, porque pensaban de forma distinta, porque iban contra lo establecido, o por cualquier otro motivo. Muchas de ellas son dignas de elogio y la humanidad debería estar siempre agradecida por el testimonio de sus vidas y por las enseñanzas que nos legaron. Los seguidores de estas personas mantienen vivo su recuerdo, y procuran divulgar la historia de sus vidas y sus palabras, para que las nuevas generaciones los conozcan, sirvan de inspiración para sus vidas, y no caigan en el olvido.

Con Jesús, en cambio, es distinto. Los historiadores de su época apenas lo mencionan; hablan más de otras personas y de otros hechos que fueron más relevantes para ellos que Jesús, pero que hoy sólo conocen quienes se dedican a su estudio. Con Jesús es distinto porque después de morir en la cruz, sus discípulos fueron diciendo por todo el mundo que había resucitado. ¿A quién se le ocurriría ir por ahí diciendo semejante disparate? Los juzgaban, los encarcelaban y los torturaban, pero ellos seguían insistiendo en que Jesús había resucitado, y morían sin retractarse de este anuncio.

No es fácil de entender. Hablamos de un hombre que vivió hace muchos siglos; que fue rechazado por su propio pueblo y abandonado por los que le seguían; que murió solo y en el más absoluto fracaso en una cruz. Lo lógico sería que sus enseñanzas se hubieran perdido y que hoy nadie le conociera. Si pensamos en sus seguidores, tampoco resulta fácil de entender que sigamos hablando de Jesús. La mayoría de sus discípulos son personas sencillas, sin grandes capacidades como maestros ni como líderes. ¿Qué les pasó? ¿Por qué van diciendo que Jesús está vivo? ¿Por qué tanta gente les escucha y se hacen seguidores de Jesús, ante ese mensaje tan absurdo? Si pensamos en los discípulos de los discípulos de Jesús, y en todas las generaciones que les han sucedido durante todo este tiempo; si pensamos en todos los errores cometidos, divisiones, cismas, enfrentamientos, persecuciones brutales, pecados gravísimos, etc., entonces solo entiendo que no entiendo nada.

El Evangelio dice que cuando María Magdalena vio la losa quitada del sepulcro, fue corriendo a los discípulos y les dijo que se habían llevado del sepulcro al Señor; no les dijo que hubiera resucitado. Es lo que todos habríamos pensado ante un sepulcro vacío. Es lo lógico. El sepulcro vacío, por sí solo, no demuestra que Jesús resucitara. Ocurrió algo más. Algo lo suficientemente real e intenso como para que, personas como nosotros, se lanzaran al mundo a decir que Cristo había resucitado, sin importarles que les tomaran por locos, ni que les persiguieran, ni que les quitaran la vida. Lo que ocurrió es que el Señor, en persona, estuvo con ellos y les demostró que había resucitado de entre los muertos. Por absurdo que parezca, esa es nuestra explicación; ese es el mensaje principal de nuestra fe.

Sin resurrección, la vida del Señor sería como las de las demás personas que han pasado a la historia por haber sido perseguidas y ajusticiadas. Sin resurrección, lo más probable es que ni siquiera hubiera pasado a la historia. Muchos consideraron su muerte en la cruz como una prueba de que no venía de Dios, de que era un impostor, porque es impensable que el Mesías muriera de esa manera. Su resurrección, en cambio, demostraba todo lo contrario. Verdaderamente es el Hijo de Dios. Y ahora está vivo, y ya nada podrá separarnos de Él.

Muchas personas no creen en la resurrección del Señor, y esgrimen sus argumentos para defender su postura. En la época del Señor mucha gente tampoco creía en sus milagros aunque los viera, y buscaban la manera de darle alguna explicación o de demostrar que no habían ocurrido realmente. El Señor siempre será respetuoso con nosotros y se situará a la distancia justa donde quien quiera creer en Él pueda hacerlo, y quien no quiera, también tenga esa opción. Personalmente, no creo que ninguna mentira pueda sostenerse durante dos mil años, por tantas generaciones, por tantas culturas distintas, por tantas personas, y en circunstancias y lugares tan diversos. Pero entiendo que haya personas que no crean lo mismo, y las respeto.

Al encontrarse con el Resucitado, los discípulos se sintieron inundados de paz. Ya no había motivos para tener miedo a nada, ni siquiera a la muerte. No había razón para desalentarse aunque las dificultades fueran muchas. No podían dejar de anunciar el Evangelio. La alegría estaba continuamente presente en sus vidas, independientemente de las circunstancias que les tocara vivir. También los que se encuentran con el Resucitado hoy, experimentan lo mismo. La presencia continua del Señor entre nosotros, es lo que nos alienta y empuja a anunciarle en todo momento, en todo lugar y por todos los medios.